Showman 1999
Eduardo Abaroa
Así que quieres ver, pues ve. Digamos que es placentero que me veas. Tú puedes verme y así yo juego a que me veo, porque lo importante es que yo nunca me veo. Es mas, juguemos a que con verme ya me conoces, ya sabes que hay por lo menos una unidad que es precisamente lo que buscamos y lo que estamos defendiendo. Porque así, mientras me ves, puedes verte mejor a ti mismo, ése es el fraude que perpetramos. Tú no sabes cómo eres ni yo tampoco. Pero ahora, en este momento se supone que somos en cierto modo parecidos. Tomemos un cuento, por ejemplo, y juguemos a que yo se tu versión del cuento y te la repito a ti, que la has olvidado.
Una persona hace piruetas en el aire mientras que otro roba las carteras de aquellos que se paran a observarlo.
Hay que hacer buenas piruetas, con alto grado de dificultad. Que se vea que hubo esfuerzo y si hay sangre, mejor...La observación debe ser precisa, el cartero deja de ser cartero y es algo más, por lo pronto, víctima del carterista. Pero el cartero sabe que no está contento con su oficio y busca material para entretenerse en otro lado. Lo busca en las piruetas y en la saangre que debe ser roja y abundante. Lo mismo pasa con el frutero, la prostituta o el policía. Las carteras deben ser fáciles de sacar, de preferencia enjabonadas o con adminículos magnéticos, de preferencia con dinero u otros instrumentos monetarios. El carterista debe quedarse con el dinero o dárselo a los más ricos o a los más pobres. El dinero debe ser mucho o poco, pero no importa el color. El piruetista puede ser carterista o su amigo y el cartero puede ser piruetista.
Los que oigan este cuento deben ser muchos o pocos. Cuando se repita no es importante asegurarse de que haya oídos ademas de los propios, que si pueden oírlo a uno. Entonces puede resultar que ya no nos guste el cuento y que guardemos nuestras carteras bien. Tomemos la resolución de guardar bien nuestras carteras, donde nadie las vea más que nosotros. De ser posible pongamos la cartera en una mesa y saquémonos un ojo. Lo ponemos encima, no adentro, porque puede costarnos caro si confundimos el ojo con el dinero. Aunque tal vez alguien se robe el ojo y el dinero y deje la cartera abierta, riéndose de nosotros. Cuando lleguemos del gimnasio la cartera vacía se carcajeará y ejecutará un monólogo exmonetario que me permito leer sin ánimo de ofender.
¡Basta de abstracciones y metáforas parciales! En todo caso, el cuerpo que hace piruetas es intercambiado por el ojo. El que hace piruetas es como una bolsa de ojos, sin cuerpo. El que observa no es un cuerpo, es una bolsa de cuerpos que hacen piruetas invisibles que quisieran ser sólo una pirueta y que por ello producen más ojos. Pero ahí viene el asunto: yo se que todos ustedes hacen piruetas, ¿por qué no me siento yo a verlos mientras las hacen? Puedo decirles: “Hagan piruetas, ¡es una orden!”, pero no las van a hacer porque yo soy sólo una cartera vacía y las carteras vacías no hablan, pero tampoco tienen derecho a escuchar ni a ver. Además, si yo lograra que hicieran eso, me llenaría automáticamente de dinero e instrumentos monetarios que son para mí lo que para ustedes son esos cuerpos que llenan la bolsa. En resumidas cuentas, sólo lo harían si yo dispusiera definitivamente de sus cuerpos. Tomemos la resolución de guardar bien nuestros cuerpos, donde nadie los vea mas que nosotros.